23 Apr Royal Enfield Tour de Colombia 2019 (Parte 2)

Para estas alturas, ya todos me conocían como el Yeti, por mi forma de roncar… las amistades se habían dado, éramos más que un grupo de motociclistas, una familia cuyas responsabilidades funcionaban a la perfección. Insisto, de eso se trata el motociclismo. Y lo más importante, es que vives la motocicleta… Si llueve, te mojas; si hace calor, lo sudas; si te caes, te pegas. Vas conectado a tu exterior, piensas, meditas al estar manejando durante siete u ocho horas diarias; te cambia el panorama de la vida y tu manera de pensar. Qué bueno que existen las motos y estos viajes y lo mejor, es que llegan en el momento justo. No me canso de decir que las motos crean comunidad y cada rodada que hago, por corta o larga que sea, me permite conocer gente increíble, primordialmente en México (que es donde vivo) pero en otros países a los que viajo es igual. Y es que entre Colombia y México hay mucho en común, al final somos latinos, hablamos el mismo idioma y nos mueven las mismas ideas. 

Día 5: Nos quedamos en Lago Calima

Sí… el plan original era viajar a Popayan, sin embargo problemas sociales con la gente del lugar, bloqueos en carreteras y la sabia decisión de nuestros guías Juan Pablo y Camilo, nos dejarían un día más en este increíble lago. Pero no solo nos quedamos en el hotel sino que haríamos una “pequeña” ruta por los al rededores. Comenzaron las curvas, grandes charcos y piedras hasta llegar a un sencillo cruce del río Cauca que para buena –o mala- suerte, marcaría la anécdota del viaje y por supuesto, de las mejores de mi vida. Me tocó cruzar el pequeño pedazo de río pero una piedra a medio camino me desviaría hasta caer en una poza de metro y medio aproximadamente, hundiéndome con todo y motocicleta. Este chapuzón sería captado por varias cámaras y obviamente por todos los asistentes del Tour, por ende mi apodo se modificaría a “Yeti submarino” o “submariano”.  Por suerte muchos compañeros corrieron a ayudarme a levantar la moto y sacarnos del río. Sinceramente no me asusté, fue más el orgullo pero lo curioso, es que lo sentí como un antes y un después, una limpieza espiritual o depuración de energía que cambiaría mi manera de ver el resto del viaje y el futuro de Motorette.  Subimos la moto a una camioneta de asistencia y partimos al hotel. Ahí el buen Mauro de BikeAdventures sacó el agua, hizo varios cambios de aceite y la Himalayan continuó el Tour como si nada hubiera pasado. 

Día 6: De Lago Calima a Roncesvalles/Paicol (210km)

El día más difícil… cerca de 210kilómetros y de los cuales, 85 fueron de off road puro. ¡Increíble experiencia! Llega un momento en el que te duelen los brazos, la espalda, el cuello. Lodo y piedras que te mueven la moto y amenazan con tirarte todo el tiempo. Vas parado sobre los posapies, te sientas a descansar, te vuelves a poner de pie… ¡Qué sensación! Y si a todo esto le ponemos una pizca de lluvia y neblina durante todo el recorrido, y una subida de 3,700msnm, el cocktail de emociones te embriaga por completo. Himalayan, Classic y Bullet, todas dominaron las empinadas subidas al páramo, los interminables caminos de lodo, las filosas piedras, la densa neblina, la imparable lluvia y profundos acantilados. Debido a lo alejados que estábamos de la civilización, los organizadores compraron pollo frito para almorzar a media subida. Hoy finalmente la bandeja paisa no se hizo presente y aunque el pollito estuvo bueno, nos hicieron falta el arroz y los frijoles… Las horas seguían pasando y los metros sobre el nivel del mar incrementando hasta que por fin, las pequeñas casitas del poblado de Roncesvalles comenzaron a hacer su aparición. Incluso el sol se dejó ver  a nuestra llegada a aquel hotel antiguo que nos albergó después de la larga rutina conquistando los difíciles caminos. Después de varios días y muchos kilómetros, el cansancio ya se nos había olvidado y simplemente nos rendíamos ante los dioses de las dos ruedas, todos, sin excepción, queríamos rodar y rodar más tiempo, acompañándonos en esta pequeña comunidad que habíamos formado; intercambiando experiencias, chistes, cuidándonos, manejando en sincronía. Era el antepenúltimo día, ya nada podía detener esta engrasada maquinaria llamada Royal Enfield Tour de Colombia 2019. Mañana el contingente se dirigirá a uno de los escenarios naturales más atractivos de Colombia, de tierra de color ocre y gris con pincelazos del verde de los cactus: el desierto de la Tatacoa.

Día 7: De Roncesvalles al desierto de la Tatacoa (207km)

Por la madrugada, una fuerte lluvia caería y el ruido del agua golpeando el techo de madera del hotel no nos dejaría dormir como esperábamos. Amaneció lloviendo… así que nos tocaría rodar –nuevamente- vestidos con nuestros impermeables y cuidándonos mucho más mientras bajábamos del páramo en aquella ruta de terracería que ahora tendría mucho más lodo que un día antes debido al aguacero. Así emprendimos nuestro camino a la Tatacoa, cerca de Natagaima en el Tolima. Aquello no se terminaba, las Royal Enfield seguían su camino y yo estaba sorprendido de lo robustas que son. Sencillamente engrasar cadenas, apretar uno que otro tornillo y continuábamos. Conforme salíamos del páramo, la vegetación empezaba a disminuir. Llegaban las carreteras secundarias y el clima mejoraba también. Adiós impermeables y poco a poco sentíamos el sudor dentro de nuestras chamarras. Las temperaturas se elevaban y los increíbles matices verdes de los que he platicado durante todo el artículo se tornaban ocres y rojizos. Llegamos a un pueblito que marcaría –otra vez- el inicio de la terracería propia del desierto. Así transcurrieron unos 35km, con más calor, más polvo, más tierra, más arena e impresionantes formaciones rocosas rodeadas de enormes cactus que nos recibirían como un paisaje lunar. Recuerdo aquel atardecer con el sol a punto de desaparecer y la luna enorme postrada en lo alto… después de un día largo la experiencia de tomar un baño a oscuras, bajo el cielo repleto de estrellas y escuchando solamente la caída del agua, será algo difícil de olvidar. Aquella noche silenciosa en el desierto fue la culminación perfecta de un viaje inolvidable, como el que hiciera José Arcadio Buendía a través de las montañas buscando una salida al mar para fundar la villa de Macondo.

Día 8: Del desierto de la Tatacoa a Bogotá (285km)

El despertador sonaría a las 5am para ir a grabar las últimas escenas del desierto durante el amanecer. Mono, Juan Pablo, Esteban y yo saldríamos con el equipo de Seven.Clicks para convertirnos en los héroes del desierto. Luego regresaríamos a desayunar y alistarnos para salir a Bogotá. Aquí los caminos de tierra resultarían de pocos kilómetros; le seguirían algunas carreteras secundarias y finalmente autopistas de varios carriles. Desafortunadamente los accidentes siempre ocurren al final, cuando ya estamos cansados y queremos llegar al destino rápidamente. Uno de nuestros compañeros se salió en una curva y por suerte no le pasaría nada, solo golpes leves, un retrovisor, un posapies roto y un casco muy golpeado serían las bajas. Después de esto, nos damos cuenta de lo importante que es rodar siempre con la ropa adecuada y casco. De no haber sido por esto no hubiésemos podido continuar y estaríamos hablando de una catástrofe. Continuamos. Ya en Bogotá debíamos entregar las motos en el concesionario de Normandía, por lo que la entrada a la ciudad fue un caos. Tráfico de autos, motos y camiones que no cedían el paso; incluso parecía una cacería contra las motos. Y las mismas motos queriendo arrollar a todo el mundo. Aquello era algo a lo que no estaba acostumbrado a pesar de vivir en la ciudad de México… me sorprendió. Al llegar entregué la moto con poco más de 1,600 kilómetros (¿recuerdan que me la entregaron con solo 13?), una caída al río, muchas horas en ella y una experiencia sin igual. Aquella Himalayan Euro 4 fue mi amiga, mi compañera; ella sintió todo lo que pasó por mí: alegría, miedo, tristeza, esperanza, cansancio y aunque muchos crean que una motocicleta es un simple vehículo de transporte, para mí es más que eso y en estos viajes te das cuenta de que el fin con el que fueron creadas no es para sumar una venta más a la compañía, sino para darnos placer y felicidad.

Siempre he dicho que el ser humano es sorprendente cuando de adaptación se trata. Todo el tiempo cambiando de elevación, temperatura, vientos cruzados, sombra, sol, lluvia, imprevistos. Y sin duda este viaje me enseñó lo vivo que estoy, lo afortunado que soy al poder combinar mi trabajo con mi pasión. Aquí conocí a mucha gente con la que, pesar de los kilómetros, sigo conectado; fueron 13 días fuera de mi casa, lejos de mi familia aunque mis compañeros del tour me hicieron sentir como en mi hogar; comí, bebí, caminé y fui muy feliz de principio a fin. Me llevo a Colombia en el corazón, a su gente, su comida, sus paisajes, y sin duda, a la gran familia que este Royal Enfield Tour de Colombia 2019 vio crecer. 

FOTOS: JAHN ARIAS

VIDEO: SEVEN.CLICKS

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