06 Mar EL PRECIO DE LA AVENTURA

Por El Bravo 

Hace algunos días me encontraba emocionado y listo en el punto de partida en Amecameca, Estado de México, para dar inicio a una travesía de aproximadamente 80 kilómetros de off road a las faldas del volcán Iztaccíhutal. Esto, junto a buenos amigos y por supuesto, con mi Africa Twin de 240 kilos. No tenía idea de que sería uno de los retos más duros que he realizado, ya que es una ruta en su mayoría de enduro y porque mi moto no es la más adecuada debido al peso. 

El día comenzó con la caída de una dry bag que había asegurado con sus propios straps y que compré un día antes. Salió volando en el primer tope con mi dron adentro. Empezaba con el pie izquierdo pero la lección aprendida fue probar las cosas antes de emprender la aventura.  El ánimo seguía intacto. Continué con un par de caídas en una subida llena de  piedras; afortunadamente algunos compañeros me ayudaron y en la segunda caída, un amigo del staff fue quien me apoyó a lograr el cometido. Quise pagarle el favor subiendo su moto, una 650cc (más pequeña que la mía), supuse que sería un poco más fácil pero no fue así y también la llevé al piso. ¿Se imaginan cómo me sentía? Tiré mi moto dos veces seguidas, tiré una moto ajena y apenas estábamos comenzando. 

Motos gordas, tierra suelta

La ruta continuó y con ella las caídas de otros pilotos. Por supuesto, las motos “gordas” sufrían más; todos nos ayudamos y echamos porras. La tierra suelta fue el toque especial de la segunda parte, la cual complicaba la visibilidad y la que nos llevó de vuelta al piso en varias ocasiones. Llegó el momento en que perdí la cuenta de mis caídas… ocho aproximadamente. Pendientes con muchas piedras, zanjas dividiendo el camino y donde, en ocasiones resbalaba y caía. En mi grupo íbamos cuatro motos: una Honda 150L, una KTM Six Days, una BMW F850 GS y mi Africa Twin. Por supuesto, estas dos últimas fueron las que pasaron la mayor parte del tiempo enterradas.

Al final rompí un espejo retrovisor, enchuequé la defensa, rompí el plástico de un  handguard y le hice algunos raspones más. Estaba cansado, hambriento, mentalmente desgastado y ver mi moto rota no ayudaba en nada. Llegué al punto de encuentro y no pararon las anécdotas de caídas de todos los participantes. Todos concluimos en que fue una ruta sumamente exigente y a la vez muy divertida. Tomé un baño, comimos y llegó la hora de la fogata, donde continuaron las anécdotas acompañadas de buenas carcajadas. 

Llegué a mi casa, descargué las memorias de las cámaras y me dispuse a editar uno de los videos más “sanguinarios” que he vivido. Verme caer una y otra vez no era tan divertido, pero también tenía una sonrisa imborrable. Subí un par de videos y con ellos recibí comentarios divididos. Por un lado la gente que siempre apoya, que les gusta recorrer a través de mis videos esos paisajes y aventuras, que se está animando a comprar una moto doble propósito o su primera moto, y por otra parte la gente que me regaña y me comenta cosas como: esa moto no es para eso, ¿a quién se le ocurre? Cómprate una enduro; no sé por qué te gusta golpear tu moto; estás bien guey. ¡Que dolor! Pobre moto, te la vas a acabar; le están dando con todo a esas motos. ¿Por qué llevan estas motos tan grandes al monte? ¿Cuál es el afán de tirar las motos? Jamás llevaría mi moto a un terreno así; si golpeara mi moto así, lloraría. Y un largo etcétera.

Todo esto me llevó a cuestionar muchas cosas y por supuesto que varios tienen razón. No es una moto de enduro y estoy bien guey, pero seamos realistas, pocos pueden darse el lujo de tener una moto para cada ocasión. Yo sólo tengo ésta y no pensaba perderme la oportunidad de rodar en el Iztaccihuatl junto a buenos amigos. Me encantaría tener una enduro, pero por ahora no es posible. Vi rodar desde una Suzuki Gn125 con llantas de calle hasta una BMW R 1200 GS, sin que nadie los cuestionara; todos ahí sabemos por qué lo hacemos.

El recuento de los daños

Hago un ejercicio mental y pongo en una balanza golpes Vs. experiencias, y sin duda he salido ganando. En esta ocasión pude ver el imponente volcán desde muy cerca; una pequeña cascada congelada; rodé entre hermosos bosques; aprendí y reí mucho de mis tragedias y de los demás; y también conocí nuevos amigos. Al final del día, con una cerveza en la mano junto a la fogata, todos llegamos a lo mismo: fue una ruta muy dura, terminamos muy cansados y estábamos felices. ¿Lo volveríamos a hacer? Por supuesto que sí. No nos gusta golpear la moto, nos gusta que la moto nos regale momentos y paisajes únicos. Estamos conscientes de que se nos puede cobrar una cuota por ello, y en esta ocasión yo pagué varias facturas pendientes.

Con esto no los incito a que salgan a tirar su moto y pretendan que no les duele, sólo a que la disfruten sin tanto remordimiento. Cuídense y cuiden sus motos, sabemos que hay mucho trabajo detrás de ellas, sólo no pongan la moto en una vitrina, porque cuando mueran, alguien más la sacará y la va a disfrutar por ustedes.

Nos vemos en la próxima aventura.

Fotos @saltydogrider

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