01 Mar Memorias que ruedan

Autor: Carla Martínez

Recuerdo haber querido vivir con toda intensidad desde que tengo memoria, disfrutar los sabores, los colores, la música bella, intangible, todo aquello que es real e invisible. Heme aquí hoy, recapitulando mi todavía joven vida mientras siento el viento golpearme con la misma intensidad con la que sueño despierta; mi alrededor en su verde y lúcido color me mira como si me comprendiera, todo lo que siento, mis centellantes recuerdos y la hermosa vista del otro lado de mi casco me abraza, como queriéndome curar las heridas, en su consuelo, revivir mis ilusiones. No estoy consciente de la velocidad, de vez en cuando una que otra curva me distrae un par de segundos de toda la belleza en la que me encuentro sumergida, pero es normal, esta es mi primera vez.

La tierra mojada, los encinos, todos los aromas que emanan de los cerros, sembradíos y poblados inundan el interior de mi casco; de repente un dulce e inesperado toque aprieta con dulzura uno de mis muslos, ¡cielos, lo había olvidado! no puedo creer que olvidé a mi compañero quien piloteando esta aventura me ha mostrado la verdadera magia de abandonar todos mis sentidos a voluntad del viento, entonces todos los olores que surgen a lo largo del camino se impregnan también de su esencia única, esa, la del día en que lo conocí y los recuerdos al respecto me llegan de momento al corazón cual clímax de cualquier obra maestra. Han pasado un par de horas tal vez y comienzo a sentirme diferente, como si nunca hubiera estado consciente de mis sentimientos, toda mi existencia vibra completamente en libertad en este momento a partir de ahora, infinito. Quisiera que el pudiera sentir ahora mi interminable felicidad, entonces deslizo mis manos en un sutil toque a su cintura, porque quiero recordarle que estoy aquí con él, amándolo y adorando todo lo que me rodea hoy.

¿Qué pensará? ¿Será en mí? D-os mío, que afortunada soy ahora, por favor no dejes que estos sentimientos me abandonen, no me dejes olvidar este día nunca, a la mitad del todo y de la nada, a las espaldas de mi compañero sintiendo todo el amor del mundo, en silencio, intensamente, a toda velocidad.

Es increíble cómo se siente dentro de mí el nunca experimentado vaivén de todos mis miedos juntos y de repente dispersos, por tramos inexistentes para luego convertirse en inmensos, mis tristezas y mis alegrías como nunca, juntas, conviviendo por primera vez en armonía dentro de mí.

Al detenernos mi ser se inunda en alegría y profunda nostalgia, son los paisajes de mi adolescencia y parte de mi juventud, así que antes de volver a arrancar, abro mi casco para que mis memorias me acaricien el rostro; en menos de lo que puedo esperar ellas vienen a saludarme, mi corazón late fuerte —¡Hola recuerdos, he regresado!— el bosque me recibe con su nublada y fantástica expresión, besa mis mejillas con su “chipi-chipi” —. ¡Bienvenida, has vuelto! — me responde.

Parece que los árboles se han dado cuenta de que mi compañero del amor está aquí conmigo y comienzan a hacer de nuestro camino algo aún más verde, la vista más nublada, mojada, preciosa acogiéndonos a ambos dentro de un pasado que surge dentro de mi mente, un ayer donde esto que estoy viviendo ahora era algo que ni siquiera tenía la capacidad de soñar; mi “yo” del pasado se asoma de cada árbol, cada arbusto, cada tramo de barro que pisé, sonrío emocionada de verme en un anhelo cumplido.

Mis jeans de campo, botas, chamarra cazadora y mi bicicleta, ahora reemplazadas por una chamarra de motociclismo, un casco, guantes y botas, un aroma a café llena mis adentros, quiero llorar y brincar de alegría, los colores me apapachan, mi piloto aprieta mi mano y despierto de un éxtasis para entrar a otro.

¡Coatepec, Veracruz!, café, chocolates, todo mi pasado aquí, las más memorables aventuras junto a mis amigos de la universidad me saludan en un cielo vestido de noche; habitamos ahora uno de los lugares más maravillosos de mi mundo.

Son las dos de la mañana, estoy acurrucada en profunda paz y lo acepto, pude haber hecho el amor un poco más, pero mis ojos se cierran así que decido dormir irónicamente dentro de un sueño, en menos de 2 minutos, cierro los ojos y me despierta el por primera vez dulce escándalo del despertador. Soy feliz hoy, me pregunto si mi compañero, allí frente al espejo mirándose después de nuestra ducha matutina está consciente de todos los pensamientos que he tenido durante este viaje, a ratos me asusta que lo sepa y otras veces me asusta que no; me mira de reojo para apresurarme, no sabe que no lo necesita, estoy ansiosa, ya quiero comenzar el día, y después de hacer el amor sobre el sillón rústico de esta bella posada en Coatepec, termino de arreglarme rápidamente para salir a construir este maravilloso día.

El cielo nublado y el petricor nos reciben al salir a la puerta, vamos al río de la antigua en Jalcomulco, Veracruz, así es, el mismísimo río de la antigua que en el pasado alguna vez contemple visitar si algún día deseaba acabar con mi vida, pero ahora que vuelvo estoy más viva que nunca. Al llegar y adentrarnos, la corriente nos golpea, es un dulce y salvaje navegar, tan parecido a la vida, profunda, hermosa y peligrosa, esta sensación de adrenalina, no se le parece al miedo, miedo a fracasar, miedo al no ser correspondida o igualmente amada, miedo a que a uno le duela el alma; pensándolo bien, quizá en este rio pueda ahogar finalmente mis fantasmas y así pueda terminar de creer que me merezco toda esta maravilla, que increíble es ver como los paisajes cambian cuando está solo o en agradable compañía, cuando uno se siente asustado o está en paz.

Rio voy a sumergirme en ti para que laves mis miedos, no permitas que regresen conmigo, que se queden aquí y así escribir un capítulo nuevo del resto de mi vida, ayúdame y se generoso conmigo, yo no te temo, te admiro, he venido a destruir todo aquello que me acongoja, devuélveme empoderada, que cuando pise con fuerzas los cimientos de mis anhelos, sea más sensible pero indestructible, dame el valor necesario para volver a andar sobre la ciudad donde se alojan mis recuerdos más amargos, los más difíciles pero sin llevarme ya nada de ahí.

Xalapa, Veracruz, un lugar donde viví y comencé a soñar con construir lo que hoy apenas comienza a manifestarse en realidad, allá voy, otra vez, pisare tu suelo mojado y solo me llevaré conmigo lo bueno, mis tormentas se quedan aquí en esta tu tierra, no vuelven más, no ahora, ya no más. Al llegar, tus calles empinadas acarician mis pasos, tu centro histórico vestido de altares y catrinas me toma de los hombros y mi pasado se dibuja en tu neblina sutil y fría, es hora de reconciliarme con mis viejos años; mi ciudad de las flores, hueles a humedad, a mis amigos de la preparatoria, a mis botas de campo gastadas, a mis zancadas para alcanzar el autobús que se detiene enfrente de la universidad y por supuesto, hueles a esas maravillosas flores huele de noche.

Estoy cansada, esta noche no es como la anterior, supongo que será parte del agridulce sabor de Xalapa, el cansancio y las indiferencias que el amor conlleva nublan la habitación, pero no me impiden dormir feliz en plena conciencia de la fortuna que es mi vida.

Por la mañana me inunda la tristeza de volver a la ciudad, pero me alisto para el desayuno, esta vez en Xico, Veracruz. Mole, tamales rancheros y licor “morita”, un deleite gastronómico del cual me siento un poco culpable; el tiempo que parecía infinito comienza a terminar, tengo que abandonar la mesa y amarro los cordones de mis botas, ajusto mis guantes, mi casco y subo nuevamente al asiento del copiloto para permitirme sentir todo este éxtasis nuevamente, entonces recorro con nostalgia las calles rusticas y coloridas del pueblo, hay niebla otra vez, pero se ha entibiado el viento, todos los aromas de este lugar me abandonan, Xico se despide, siento como si aquellos letreros de “Buen viaje, vuelva pronto” fueran hechos especialmente para mí, así que al realizar una parada para recargar gasolina miro los arbustos y veo a mi tímida “yo” de 17 años agitando la mano, “no te decepcionare, volveré con más” digo a mis adentros, entonces mi propia figura me sonríe agitando su mano y se pierde sobre las dos ruedas de una bicicleta color azul, sumergiéndose hasta volverse invisible adentro del espeso bosque.

El camino ha sido ameno, he reflexionado mucho, todo el bosque mesófilo me mira con complicidad, todas las montañas pobladas con sus excepcionales especies endémicas adornan mis pupilas. ¡Viento, abrázame!, golpéame fuerte, rómpeme entera y reconstrúyeme de una mejor manera, necesito más de mí.

¡Amor ve más rápido!, acelera, lléname de adrenalina, que mi alma se encienda, que todas las bendiciones nos cubran y no nos dejen ya nunca. La velocidad sigue y los paisajes nos abrazan, nos dicen adiós, es posible que sea un hasta luego, sé que volveré, pero me duele tanto dejar todo esto, que se siente como si fuera un adiós.

Han pasado más de tres horas, llueve, hace frío, poco a poco el verde esplendoroso de los paisajes abandona mis ojos y se convierte en luces o en nada, cuando lleguemos a casa y me baje de la moto empezaré a construir un mejorado por venir con todos los hallazgos que hice sobre mí, sobre mi pasado, mi presente, mis sentimientos y mis deseos después de mi primera experiencia como copiloto. —¡Llegamos! —Susurra el con un grave pero dulce tono en su voz y es entonces cuando la cuenta comienza; escucho en mi corazón latir sordamente sobre un compás de cuatro cuartos cuando mi primer pie se dirige abajo, una vez que me haya instalado sobre el piso, la aventura de vivir no volverá a ser igual, comienza la muerte de mis excusas y mi reconstrucción ahora.

¡Un, dos, tres y!…

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