24 May Nos vemos pronto, viajeros

Me atrevo a decir que jamás había sentido el viento golpearme hasta atravesar cada tejido de mi ser; ni al efluvio de la carretera invadir con ferviente ansia cada uno de mis sentidos, comenzando por mi olfato. Es irónico cómo, en estos momentos, después de ya bastantes días de observar el mundo desde mi ventana, puedo mirar con mucha más claridad todo aquello que no vi, y sentir más profundamente todo aquello que no me tomé el tiempo de sentir.

Puedo, en la añoranza de volver a sentirme libre rodando por la carretera, oler el rocío de las mañanas y apreciar la maravilla de observar cómo ocurre el amanecer a través del casco cuando voy a convertir el día en una aventura rodando en moto.

Hoy, inmersa en profunda reflexión, puedo oler la tierra mojada y escuchar el canto de las aves amenizando el rugir de mi motor. También, percibo claramente la sensación de mis pasos sobre las hojas secas y su crujir cuando en medio del camino me detengo y me apresuro a donde mis amigos para tomarnos una foto. Escucho sus risas y las disfruto, mi paladar viaja con sutil ternura a todas esas tasas de café endulzadas con anécdotas sobre nuestro camino mientras respiramos el aroma de algún pueblo que hallamos a nuestro paso.

De verdad que me pregunto: ¿por qué necesitamos estar aislados completamente de todo para valorar un momento que no fue debidamente apreciado? Ahora siento mucho más arder mi corazón cuando revivo todos los colores del cielo tocando mi piel, mi rostro, mi mirada fija en la próxima curva y mi existencia hierve rendida en éxtasis al traer desde lo profundo de mi mente, la sensación de controlar mi moto y acelerar azotando mi existencia contra el viento.

Recientemente descubrí que el universo siempre se mueve a mi favor mientras yo voy y vengo, de carretera en carretera. Los astros giran sobre mí cuando la noche viste de gala mi camino con todas las estrellas y la luna. También sobre mi moto he visto terminar esos días irrepetibles cuando el cielo se sonroja y al fin llego sana a casa, con mi mente repleta de momentos que hoy adornan estas líneas; entonces, siendo así, el universo entero es mi cómplice infinito, siempre girando en sincronía conmigo.

La próxima vez que ruede, pararé un minuto extra solo para darle un último vistazo a los lugares que dejo atrás. Respiraré con todas mis fuerzas el perfume de la carretera en medio del bosque. Viviré con profunda maravilla la fortuna de ser libre debajo del cielo colorido y eterno, mientras el mundo simplemente gira; mientras la vida ocurre a cada momento dentro y fuera de mí. La vida ocurre más que nunca cuando mis articulaciones aprietan el manillar; la vida ocurre en mis ojos esquivando piedras; ocurre cuando mi cuerpo simplemente se balancea al ritmo de las curvas.

Después de todo, quizá este paréntesis era necesario para apreciar pronunciadamente nuestra minúscula y al mismo tiempo gigante e interminable existencia, rodeada de divinidad que nos llena al doble a nosotros, amantes de las aventuras sobre ruedas.

Es en este justo momento, cuando debemos regresar al universo toda su lealtad, vibrar alto preciando cada una de las maravillas de las que hemos sido testigos más de cerca, al figurar como un grupo afortunado de humanos que tenemos la inmensa suerte de tener una moto viajera y poder vivir la lluvia, el sol, el viento, como nadie y como nunca.

Nos vemos pronto, viajeros.

Autor: Carla Martínez

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