21 Ene Motocamping, la experiencia

Cuando tus amigos te piden que te escapes un fin de semana en la moto a acampar con ellos, simplemente dices que sí. No lo piensas. Libertad para ti. Como director de Motorette, he pasado los últimos años dando vueltas por el mundo manejando motocicletas, en busca de proyectos, de emociones. 

Cuando el 2020 se vio paralizado por el Covid-19, todos los planes de un año -que creía, sería bueno- se cancelaron y de pronto me encontré varado en la ciudad de México, en mi casa, alejado de las motos y el camino; de los viajes, pero me acerqué a mi familia. Desde hace años me había dado a la tarea de preparar mi cumpleaños 40 llegando a París con mi mujer, rentando una moto y viajando a Biarritz para vivir un espectáculo que anhelo desde hace mucho: Wheels and Waves. Pero no.

Mi celebración de la llegada a la “crisis de la mediana edad” tenía que verse interrumpida por un virus del que todavía no sabemos gran cosa. Entonces, la fiesta en San Sebastián codeándome con David Porrás, El Solitario; la foto de fan con Ola Stenegard y la visita al Punk´s Peak las cambié por un cesto lleno de ropa sucia cada tercer día, una pila de trastes sucios en la cocina y una clase virtual diaria de 30 minutos con mi hijo pequeño. Así de irónica es la vida. Pero insisto, hoy volteo y no lo cambio por nada porque eso me acercó a mi familia.

Pero los días pasaron y poco a poco fuimos perdiendo el miedo a retomar las actividades. Unos más rápido que otros; cada quien a su ritmo. Así que cuando el plan era tomar carretera, aire libre en la montaña, una fogata, amigos que hacía mucho no veía, por supuesto dije que sí.

Hay una sensación de libertad que proviene de manejar una motocicleta, especialmente cuando no sabes a dónde llegarás y todo lo que llevas está atado al asiento. Una muda de ropa, tu tienda de campaña, tus cámaras y un cepillo de dientes. Preparas la maleta, revisas que todo esté en orden y te vas a dormir con las mismas ansias que te inundaban cuando saliste a rodar la primera vez -porque sí, me sigue pasando lo mismo cuando voy a rodar, no importa el destino. Te despiertas varias veces durante la noche hasta que ya no puedes más y simplemente dejas la cama a oscuras para ir a la sala y comenzar el ritual de alistarte para salir. Playera y pantalones térmicos, pantalones de moto, hoodie, botas, celular, cartera, llaves, chamarra, casco, guantes y la adrenalina de no despertar a nadie. Vámonos.

Por lo regular siempre viajo con amigos, esa hermandad que nunca te deja solo; nos ayudamos unos a otros, nos cuidamos todo el tiempo. Aún no amanece y te guías por la luz trasera de quien va adelante; cruzas calles, avenidas, hasta que llegas a la carretera. Es hora de abrir el acelerador y comenzar a sentir ese frío intenso de la mañana que amenaza con hipnotizarnos con sus primeros rayos de sol pero que la niebla espesa demora unos minutos más.

Un par de horas más tarde llegamos al primer destino, a desayunar con los amigos que habían salido un día antes. En esta ocasión mi motocicleta fue la Ducati Multistrada 950 S GP White que la marca me dejaría para vivir esta experiencia así que en ningún momento padecí el camino. Al contrario. 113Hp, transmisión de 6 velocidades con QuickShift, modos de manejo, suspensiones electrónicas y varias asistencias me hiciceron celebrar cada kilómetro del fin de semana. Puedo definirla en dos palabras: “comodidad y potencia”.

Nos reunimos Tony, Dave, Lalo, Julio; Gabo, Banny, Yazhuc y Pepe viajaron con sus mujeres. Transcurrieron las horas, las curvas, los kilómetros. No importaba el tiempo y es que eso sucede cuando estás arriba de la moto. Puedes rodar simplemente viendo cómo el sol se va moviendo hasta desaparecer en el horizonte y sentir cómo cambia la temperatura. Te pones alerta, cambia tu manera de manejar y de disfrutar el camino.

Ya en el destino donde pasaríamos la noche, llegó el momento cumbre de la rodada: armar la casa de campaña. Y es que pasaron varios años desde que armé y mal dormí en una tienda de campaña así que, nuevamente, esto era nuevo para mí. Por suerte compré una tienda fácil de armar y no me costó tanto. Los faros de las motocicletas alumbraban el círculo de casas que estábamos armando; la lluvia nos amenazó en diferentes ocasiones sin llegar a cumplirnos la promesa de caer así que todo salió bien.

Después de cenar llegó la hora de la fogata y las historias de miedo; las confesiones y uno que otro chiste. Qué increíble sensación la de estar frente al fuego en el bosque, completamente oscuro y las estrellas en todo lo alto. Ese tiempo me ayudó a deshacerme de angustias y caer en cuenta de que una buena sesión arriba de la moto lo cura todo. 

Al cabo de un rato, nervioso, me fui a mi tienda a estrenarla y vivir una experiencia que vale la pena hacer si eres motociclista: acampar al lado de tu moto en el bosque. Tan cerca que hasta puedes oler el aceite y los frenos. Tú y tu compañera de aventuras. Me acosté y smplemente dejé que el silencio del bosque se apoderara de mí y así fue. Aquella noche descansé como hacía mucho no lo hacía, sin preocupaciones, viviendo el momento, el aquí y ahora. 

Al día siguiente despertamos, desayunamos y recorrimos más kilómetros, nuevos lugares y rutas hasta emprender el regreso a casa. Todos juntos, cuidándonos. Sin duda este viaje me abrió las puertas al mundo del motocamping y ahora no puedo dejarlo. ¿Por qué querría ponerle fin a lo que yo diría, es la mejor manera de ver el mundo? Al contrario, me recordó que esto es exactamente lo que quiero hacer.

Ya estoy preparando la próxima aventura, tan solo espero que el virus nos lo permita.

Fotos: @pitertom

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